Para ser la primera vez que visitábamos
la isla, no íbamos a “hacer inventos”
con las rutas de ascensión al Teide. Así que nos planteamos
hacerlo por una de sus rutas más visitadas, la denominada.....................
Nos amaneció cuando llevábamos un buen rato andando
por una pista bien definida que no admitía perdida. El paisaje,
muy distinto de lo que estamos acostumbrados en Picos, Pirineos
o Alpes, estaba formado por un inmenso pedregal polvoriento de Piedra
Pómez. Resultaba curioso como podíamos levantar grandes
piedras sin el menor esfuerzo.
Nos tomamos la ascensión de forma tranquila, sin prisas,
disfrutando del entorno y la agradable temperatura matutina. No
falto, como tantas otra veces, quien nos adelanto sofocado y sudoroso,
“para llegar a la cima después de nosotros”.
En fin, mi hijo y yo despacio, a disfrutar.
Tras una pequeña parada en el refugio, continuamos hasta
la barrera donde están los guardas dosificando el acceso
a la pirámide cimera. Llegamos una hora antes de la que nos
marcaba en el permiso, pero los guardas, muy amablemente, como era
hora temprana y todavía no había subido mucha gente,
nos dejaron subir sin esperar más.
Llegamos así al cráter y a la cima de este maravilloso
volcán. Nosotros, respetuosos con las normativas, no nos
salimos del sendero ni de la zona autorizada, pero seriamos de los
pocos en hacerlo.
Al llegar de nuevo a la barrera, vimos el espectáculo que
justifica tantas limitaciones impuestas, los guardas apenas podían
contener, a duras penas, el inmenso gentío que utilizando
el teleférico había llegado allí.
Tropel de turistas de playa, que en su vida han subido una colina,
y aquí se les ofrece la oportunidad de conquistar el mítico
Teide.
La tarea de los guardas es muy loable, pero..., ¿quién
coño autorizo instalar semejante teleférico, y a que
fin, en un parque natural?.
¿Que papel juegan en este entramado, los intereses de los
hoteles y agencias turisticas que organizan excursiones para los
"giris" sin que tengan que pasar por la misma burocracia
que nosotros?.
¡Vamos!, que cuando se habla de intereses economicos y de
las limitaciones impuestas, no hace falta ser un lince para comprender
que va primero.