ASCENSIÓN AL CERVINO POR LA ARISTA DEL LEÓN

SERGIO SALCEDO Y ANGEL ANSORENA

19 de julio de 2009

Ahora que me pongo a escribir este relato, curiosamente lo que más se ha retenido en mi memoria no es la escalada en sí misma, si no las penalidades sufridas en el descenso hasta el refugio y al día siguiente, del refugio a Cervinia.
Todo se ha saldado con unas congelaciones leves en dedos de manos y pies, pero los peligros sufridos superaron esta vez la “línea roja” que separa lo que podemos controlar para sobrevivir.

 

 Principios de julio de 2009
¿Que te parece si cogemos un avión y nos vamos al Cervino a la arista italiana? Me comentó Sergio, (o tal vez se lo comente yo, no estoy seguro).
¡Bueno!, solo hacía falta que "me pincharan" de esa forma. Entre unos problemas físicos en el invierno y la mala méteo en la primavera que nos había pasado por agua todos los proyectos que emprendimos, Tenía un “mono” de monte terrible.
Ese mismo día nos pusimos en marcha con el tema; billetes de avión, referéncias que pudimos encontrar por Internet, predicciones meteorológicas,  funcionamiento de trenes y autobuses en el valle de Aosta, equipo necesario, etc., etc.

 

Miércoles 15 de Julio
Habíamos ascendido el día anterior al collado de la Aguja del Gigante, a unos 4000 metros para calentar un poco las piernas y hacer algo de aclimatación. Tras bajarnos de allí, nos trasladamos al valle de Cervinia, durmiendo en un camping de la zona.
La aproximación, no trajo mayores problemas, al principio una fina lluvia nos acompañó y aunque no dejaba de preocuparnos, como calculábamos que teníamos casi dos días de reserva nos tiramos para arriba sin pensárnoslo demasiado.
Comenzamos a caminar sobre las 11 de la mañana, para llegar al refugio Carrell a las 9 de la tarde. Larga marcha de aproximación (con algún despiste incluido) en la que ya se tiene que superar alguna cuerda fija (maromas de 40 mm) y te da idea de que va a ir la cosa de ahí en adelante.
El tiempo había mejorado notablemente, y se podía predecir que continuaría bueno durante el día siguiente tal como ocurrió.

La vista de este refugio es fantástica, mirándolo de frente parece estar “colgado de la pared”, la repisa que ocupa no da de si para el edificio y la exigua pista para el helicóptero, en realidad, medio refugio está construido sobre una balconada de vigas de acero.
El ambiente que encontramos fue de lo más agradable, dos cordadas de Valencianos,  otra de suecos y un guía con dos clientes, habitaban el refugio. Con ellos compartimos cena, conversación y “cuatro risas”, antes de irnos a dormir pronto, para levantarnos bien de madrugada. Deberíamos de habernos levantado sobre las 2 o las 3, pero como no nos convencía demasiado meternos en un terreno tan desconocido sin luz, decidimos levantarnos un poco más tarde, saliendo del refugio una hora antes de amanecer, es decir sobre las cuatro y media . Esto fue un error, tal como se demostró después.

La escalada en el Cervino tiene algunas particularidades, por una parte los largos de VIº y Vº se han protegido con gruesas cuerdas fijas, cadenas y escaleras colgantes de forma que la escalada en sí no sobrepasa el IIIº, aunque eso si, trepar por esas ayudas es algo nuevo, bonito y emocionante. Por otro lado, las características de la roca, casi siempre cubierta por un fino verglas, hace que los crampones sean imprescindibles tanto cuando vamos por roca como por nieve o hielo.

 Así que rascando la roca con los pinchos desde el refugio, comenzamos superando más cuerdas fijas, para continuar después trepando por rocas cubiertas de verglas y neveros helados hasta llegar a un largo protegido con una gruesa cadena en el que vas trepando enganchándote a ella con mosquetones. Después continúa la trepada en un ambiente muy aéreo, aunque la dificultad técnica no supera el IIIº. Aquí es más importante el nivel de exposición que el grado técnico.
Superamos por neveros el pico Tyndall, antecima de la principal, y poco después, llegamos a la escala Jordan’s, protegida también con una cuerda fija, que supera un muro muy liso y vertical. Poco después tras más largos de cuerdas fijas  llegamos a la cima, eufóricos por haber conseguido esta fantástica escalada que nos gusto enormemente y que desde luego no deja indiferente a nadie. Como botón de muestra, basta decir que esta vía sufre uno de los más altos índices de abandonos, un 40% de quienes la intentan no consiguen la cima. De hecho, de las cordadas que salimos del refugio ese día, una se volvió antes de alcanzar la cumbre a pesar del buen tiempo, y los suecos se bajaron por la arista Hornli (vertiente suiza), camino del refugio de Solvay que situado a 4000m y por un terreno más fácil, desde la cima es mucho más accesible que el de Carrell, en la parte Italiana.
Hacíamos cima a las tres y media de la tarde, 11 horas después de haber salido del refugio, ¡once horas para superar 600 metros!.

Ya nos habían avisado de que deberíamos estar descendiendo para las dos de la tarde, y eran casi las cuatro, por lo que viendo lo que nos iba a ocurrir no perdimos mucho tiempo en la cumbre y nos lanzamos a hacer rápeles lo más rápido que pudimos.
En el descenso alcanzamos a una de las cordadas de los valencianos que había conseguido la cima poco antes que nosotros (Juan Ramón y Toni) y entre los cuatro (la unión hace la fuerza), utilizando todas las cuerdas los rápeles fueron más rápidos, pero aún así la noche nos envolvió rapelando el largo de la gruesa cadena, de unos 30 metros. Sabíamos que no estábamos lejos del refugio, pero no supimos encontrar el camino en la oscuridad.

Continuamos hasta las dos, pero a esa hora tuvimos que rendirnos a la evidencia, sencillamente no podíamos seguir, y nos veíamos obligados a parar y pasar el resto de la noche donde estábamos. A todo esto, en el último rapel en el que ya solamente estábamos buscando un lugar protegido donde pasar la noche, surgió el accidente. Juan Ramón suelta un mosquetón de un rapel dirigido y se lanza a un péndulo golpeándose fuertemente contra las rocas. La situación se volvía muy negra, la oscuridad era total, un viento gélido nos estaba helando hasta los huesos, al herido tuvimos que ponerle nuestros escasos medios de protección de emergencia, mientras nosotros, temblando y tiritando de frío pasábamos aquella dura situación como podíamos. Contábamos los minutos uno a uno, sufriendo un frío tan intenso que nos hacía temer seriamente por nuestra supervivencia.
Conseguimos avisar por teléfono a los servicios de emergencia, y esperábamos que el helicóptero viniera a primera hora de la mañana a llevarse al herido, pero la luz del día nos trajo un empeoramiento de las condiciones meteorológicas. El helicóptero intentó acercarse pero le fue imposible, el fuerte ventarrón malograba sus intentos de aproximación en las escasas oportunidades que le concedían las gruesas nubes que cada vez más nos envolvían, hasta que sobre las nueve, entró el temporal con toda su furia; las nubes se cerraron totalmente impidiéndonos ver más allá de nuestras narices y a la vez, impidiendo totalmente cualquier intento de rescate, la ventisca arreció y comenzó una fuerte granizada. En pocos minutos el paisaje que nos rodeaba cambio totalmente, las rocas se cubrieron de granizo pegado al verglás haciendo casi imposible que pudiéramos intentar movernos de allí.

Pero algo teníamos que hacer, la situación era critica y desesperada. Congelados y agarrotados por el frío tuvimos que tomar la terrible decisión de abandonar a Juan Ramón y salir de allí intentando retornar a un punto en que pudiéramos retomar la ruta correcta. Teníamos que alcanzar el refugio para que, después de recuperarnos un poco nosotros, y junto con el resto de compañeros que estaban allí, poder regresar con mantas, vituallas y equipo. Era nuestra única opción de sobrevivir nosotros y poder auxiliar al compañero. Sencillamente estábamos en las últimas. Ya no éramos personas capaces de razonar y buscar soluciones a los problemas, solamente tratábamos de huir de aquel infierno.

Comenzamos a trepar por aquel terreno vertical y expuesto, en una escalada de alta dificultad dadas las condiciones de la roca, helada por el verglás y cubierta de granizo y sin poder meter un friend o algo para asegurar. Los pies aún se agarraban con los crampones, pero las manos no se podían apoyar en ningún lado, las metía entre el granizo buscando algo que agarrar y lo único que encontraba era el pegajoso verglás en la roca lisa. La verdad es que no se como pudimos trepar aquello dado nuestro nivel de agarrotamiento y mal estado físico. Poco a poco regresamos hasta un punto, al principio de un nevero, en que pensamos que debíamos tomar otra ruta, ya que la tomada anteriormente no nos había ido bien, así lo hicimos y continuamos esta vez por un terreno que yo pensaba conocer hasta que, al superar un gendarme caímos de bruces en el punto en que habíamos dejado a Juan Ramón, ¡habíamos vuelto al mismo sitio otra vez!, ¡dos horas de calamidades y jugarnos el pellejo y no habíamos avanzado nada!.

Tras el impacto psicológico del primer momento de total desmoralización y al pensar un poco,  nos dimos cuenta de que en realidad lo que ocurría es que estábamos en buen lugar y por eso, por dos veces y por dos caminos distintos habíamos llegado al mismo punto. Estábamos situados en el camino correcto y esto lo confirmamos cuando, avanzando un poco más en medio de la intensa niebla y luchando contra el fuerte temporal, alcanzamos una tirada de cuerdas fijas, que esta vez sí, nos condujo al refugio en una hora aproximadamente.
Eran las tres de la tarde del viernes. ¡Hacía 35 horas que habíamos salido del refugio camino de la cima!.

Había que actuar con rapidez, la tormenta estaba empeorando. En cuanto Toni se recupero un poco, tras beber algo caliente y comer alguna barrita, cambiarse las ropas empapadas y justo dejar de temblar, prepararon la operación de rescate. El tiempo estaba empeorando tanto que ya no servía el llevarle ropas a Juan Ramón para que pudiera pasar otra noche donde estaba, había que traerlo al refugio como fuera.
Yo no estaba en condiciones de prestar ninguna ayuda, agotado y vencido como nunca me he sentido y sin conseguir controlar mis temblores. Por otra parte, no tenía sentido que fuéramos todos. Ellos eran tres y se bastaban de sobra para rescatar a su amigo.

Tras comer algo de nuestras últimas reservas y tomar una taza caliente de aquel original “Te” (nieve derretida con azúcar), me metí en mi saco para entrar en calor. Poco a poco, un dulce sopor hizo que me quedara totalmente dormido.
Cuando desperté varias horas más tarde, sobre las nueve, Juan Ramón  y sus amigos ya estaban en el refugio. Este había conseguido llegar a pesar de los intensos dolores que le producían los golpes y hematomas y lo que parecía ser un par de costillas rotas.
Por lo menos ahora estábamos todos en el refugio, calientes y a salvo, aunque el fuerte temporal que parecía querer arrancar el refugio de su sitio o por lo menos tapiarlo de nieve helada, amenazaba con dejarnos aislados durante varios días.

Sábado 18 de julio de 2009
Ante las muy malas condiciones meteorológicas, que propiciaban sin contemplaciones una situación de bloqueo en el refugio y teniendo en cuenta que Juan Ramón no podía enfrentarse al descenso por sus medios, los valencianos decidieron quedarse hasta ser evacuados, pero ese no era nuestro caso. Nosotros teníamos que intentar bajar el sábado para llegar a tiempo de coger el avión en Bérgamo y regresar a casa. Hubiéramos podido quedarnos y perder el vuelo, ya que por lo menos teníamos teléfono y cobertura para poder avisar a nuestras familias, pero teníamos que hacer lo imposible por que no fuera así. Por otra parte, no había comida, la última cena en el refugio, que nuestros amigos prepararon y compartieron amablemente con nosotros, fue una “excelente” sopa compuesta de nieve derretida, unas migas de pan, un par de rodajas de chorizo en trozos del tamaño de una uña y creo que pudiera llevar algo más que encontraran por ahí que le dio un buen sabor. Tras la sopa, y para terminar la cena, vino el “Te” (nieve derretida con azúcar). Eso si, todo bien caliente.
Por ello a las seis, Sergio y yo decidimos salir a pesar de que la fuerte nevada había cambiado el paisaje del mes de julio a un duro invernal. La ventisca pegaba fuerte cargada de granizo en medio de la niebla, Pero bastante recuperados como estábamos nos equipamos lo mejor que pudimos y nos lanzamos fuera del refugio. Sabíamos que lo peor sería llegar al collado del León 300 metros más abajo, una vez allí continuar el descenso no seria tan penoso y peligroso.

Ya desde el primer rapel, apenas 20 metros después de salir del refugio, aquello fue increíble; el fuerte y helado viento nos hacía volar literalmente, las cuerdas se congelaron nada más sacarlas por una temperatura de muchos grados bajo cero quedando totalmente intratables para rapelar. La situación era dantesca, volvíamos a temblar congelados de frío como el día anterior, sin poder abrir los ojos por las miles de agujas de hielo que se nos clavaban en la cara y totalmente envueltos en la densa niebla. Otra vez volvía a temer que no lo consiguiéramos. Nuestra única opción volvía a ser el no flaquear ni un ápice y continuar descendiendo como pudiéramos ya que cada paso, cada rapel que hacíamos, era un mundo que nos separaba del refugio que habíamos dejado atrás, al que ya era imposible volver.
Más de dos horas nos costo alcanzar el collado. Cuando por fin lo superamos, la cosa cambió radicalmente. Ahora estábamos al abrigo de la montaña y el viento ya no pegaba tan fuerte, el granizo cesó y nuestros cuerpos volvieron a coger temperatura poco a poco. ¡Lo habíamos conseguido!, a partir de aquí el descenso podía durar más o menos y seguramente tendríamos pasajes duros, pero lo peor lo habíamos dejado atrás y nada nos detendría ya hasta llegar al valle.
El principal problema fue ahora la orientación, la niebla no nos dejaba ver nada y propició que nos perdiéramos en algún momento retrasándonos bastante. Llegábamos a Cervinia sobre las seis de la tarde, casi doce horas después de haber salido del refugio Carrell.

 

Cervinia, esperando el autobús placidamente sentados en un banco.
¿Que tal ha ido? Nos preguntaron unos españoles que nos encontramos en Cervinia que iban a hacer el tour del Cervino.
- ¡Va!, fantástico, - Hemos hecho el Cervino por la arista del León, aunque hemos tenido después algún problemilla.
Cuando les contamos ligeramente algún detalle, nuestros interlocutores alucinaban, les parecía increible que estuviéramos allí, tal como se veía la montaña desde Cervinia.

 

Con el aire acondicionado a tope en mi casa
Días después leí en el periódico digital - www.ADN. es - la noticia de que los valencianos habían sido evacuados. A nosotros no se nos nombraba por ninguna parte a pesar de nuestra alta implicación en el asunto. Pero bueno, es lo que hay, cada uno sabrá lo que cuenta y como lo hace.

 

Dura aventura la de esta vez.

Ángel.