Bueno, ahora tocaba el regreso.
No conocíamos el terreno pero sabíamos que teníamos
que llegar al refugio de Baisellance y después subir a la Hourquette
d'Ossoue para bajar al valle de Oulettes y al refugio de partida. Emprendimos
pues la bajada del glaciar pero al comenzar el flanqueo que debería
llevarnos al refugio de Baisellance nos envolvió una espesa niebla.
Habíamos pasado de un espléndido día, a no ver
tres metros delante nuestra y además en ese momento atravesábamos
una ladera de nieve que presentaba un grave riesgo de caerse, es más,
lo que no sabíamos era como se sujetaba, a cada paso que dábamos
se nos ponían los pelos de punta. Por fin, en un claro de la
niebla, divisamos unas antenas por encima de unas rocas, ¡eran
las del tejado del refugio de Baisellance!.
Llegados al refugio nos encontramos
con que la niebla allí era más espesa todavía,
era imposible orientarse, además de que el terreno nos resultaba
desconocido ¡si tan siquiera en un claro de la niebla pudiéramos
divisar el collado!. Hicimos varios intentos ya que como nuestra huella
quedaba en la nieve no suponían riesgo de alejarnos del refugio,
pero todo fue inútil. Al final tuvimos que resignarnos a que
tendríamos que pasar noche en donde estábamos.
Nos pusimos a inspeccionar el
refugio, semienterrado en la nieve. Pensábamos que, como todos
los refugios que están guardados en temporada, este tendría
como mínimo un apartado libre para casos de emergencia, pero
no, ¡El refugio de Baisellance estaba cerrado a cal y canto y
no tenia posibilidad de refugiarse! ¡ni siquiera un cobertizo!.
Cuando ya cansados de darle vueltas, comenzaba a anochecer y nosotros
a desesperar por el grave riesgo que corríamos si pasábamos
la noche al aire libre con las bajas temperaturas que estaba haciendo,
Waldo, escarbando en la nieve amontonada contra los muros del refugio,
se percato de que había una pequeña ventana abierta por
la que se podía acceder al interior.
Esta ventana daba a los aseos de la planta baja, estos estaban llenos
de nieve que había entrado por la abertura hasta la altura de
la ventana, de forma que había que entrar “réptando”
entre esta nieve que llegaba prácticamente hasta la puerta de
la dependencia, y el techo. Estaba claro que algún otro montañero
en apuros se había visto obligado a forzar esta ventana.
Bueno, por lo menos teníamos
refugio donde sobrevivir esta noche. Una vez dentro, y a la luz de nuestros
frontales primero, pues pronto se nos agotaron, y de unas velas que
encontramos despues, encontramos en la planta de arriba mantas con las
que abrigarnos para dormir un rato y unos botes de “compota de
manzana” que nos sirvieron de cena.
En estas primeras horas de la
noche, salimos varias veces con la esperanza de que se hubiera levantado
la niebla y pudiéramos ver el collado pero fue inútil.
Nosotros estábamos bien y no teníamos ningún problema
en pasar allí la noche, pero nuestros compañeros debían
de estar muy preocupados ante nuestra tardanza, teníamos que
hacer todo lo posible por volver aunque fuera a altas horas de la noche.
Pero lo que no pudimos hacer por la tarde, mucho menos podíamos
hacerlo en una noche cerrada, con intensa niebla y encima con un fuerte
viento que se había levantado.
La situación no cambio
al amanecer, tuvimos que esperar hasta las diez de la mañana
para que por fin, en un claro de la niebla, viéramos el collado
y pudiéramos trazar una ruta. Se volvió a cerrar, pero
ahora ya sabíamos a donde debíamos dirigirnos. Subimos
pues al cercano collado, distante una media hora de Baisellance para
bajar a la otra vertiente ya de camino a Oullettes. Menos mal que no
habíamos llegado al collado por la noche, ya que la otra vertiente
era una traicionera rampa de hielo recubierta de una fina capa de nieve
que podría habernos dado algún disgusto en la oscuridad.
Una vez en el collado, fuera
ya de la niebla que quedaba mas abajo y solamente en la vertiente de
Baisellance, vimos venir un helicóptero a lo lejos, no hizo falta
mucho para comprender a quien estaban buscando, nuestros compañeros
habían dado ya la voz de alarma con el equipo de radio de emergencia
del refugio de Oullettes. Cuando nos vieron, dieron un par de vueltas
por encima nuestra y al vernos bien y ante la dificultad para aterrizar
en aquel punto, se fueron. Ya de bajada nos encontramos por fin con
nuestros compañeros. Juanjo lloraba de emoción y Moncho....
Bueno, descargo lo que llevaba dentro enfadándose con nosotros.
Es comprensible y desde luego no nos ofendió con ello, pues lo
habían pasado muy mal, mucho peor que nosotros que habíamos
dormido bien (o más exactamente habíamos pasado la
noche seguros y abrigados) y no tuvimos su preocupación
por la integridad física de unos compañeros.
Consideraciones respecto
al refugio de Baisellance
Ante lo que alguien pudiera pensar,
quiero decir lo siguiente:
En primer lugar, la ventana por la que accedimos al interior del refugio
ya estaba abierta, es decir, no la forzamos nosotros. Pero por otro
lado, si la hubiéramos tenido que abrir, lo hubiéramos
hecho sin contemplaciones.
En segundo lugar, dejar claro que el derecho que nos asistió,
en ese momento, para entrar en una propiedad privada, comernos un bote
de “compota de manzana” y usar sus mantas, fue
el de la pura supervivencia. Estábamos inmovilizados, atrapados
por la densa niebla y dadas las temperaturas de invierno a esas alturas,
el riesgo vital era real.
En tercer lugar, declarar que considero delictivo, casi criminal, el
que los responsables del refugio no dejaran una dependencia abierta
para casos de emergencia. Un refugio como este, es como un faro, cualquier
montañero en apuros se dirigirá a él, y una vez
allí tras haber gastado su tiempo y sus energías, se vera
en una trampa que en invierno podría ser incluso mortal. Desconozco
las leyes Francesas, pero estoy seguro de que la lógica me da
la razón.