Había realizado en anteriores
ocasiones la arista de los Tres Consejeros al Neuvielle, partiendo del
collado que separa estos dos picos. Esta vez, tenia como compañeros
a Eduardo, un buen amigo con quien antes salía mucho a escalar
y al monte, y su novia (hoy su mujer). Cuando comenzamos a
andar en el lago de Aubert, había pocas nubes en el cielo, y
nada hacia presagiar que el tiempo fuera a empeorar de la forma en que
lo hizo.
Lo que en un principio, era una hermosa mañana del mes de junio,
se convirtió de forma muy rápida en una fuerte tormenta
eléctrica que nos sorprendió en medio de la cresta. Era
impresionante...., relámpagos, truenos, fuerte ventisca con agua,
nieve y granizo a la vez...., recuerdo que los bloques de granito, “chirriaban”
bajo la acción de la electricidad que contenía la atmósfera,
era algo así como el ruido que hace un transistor al paso de
una moto, pero “a lo bestia”, el transistor era el terreno
que estábamos pisando (y nosotros las “antenas”
que podrían atraer algún rayo). Daba escalofríos
comprender lo que ocurría y al mismo tiempo no poder hacer nada.
Al no tener posibilidades de abandono dadas las características
de esta cresta, seguimos escalando, conscientes de que la única
salida de aquel infierno era por la cima.
Estábamos al pie del muro que supone el ultimo paso antes de
la cumbre, en un pequeño abrigo esperando un poco a ver si se
calmaba aquello, cuando nos dimos cuenta de que de seguir así,
las presas se iban a cubrir de nieve y granizo y luego se nos iba a
complicar la escalada. Así que, agarrotados por el frío
como estábamos, seguimos escalando a pesar de las fuertes inclemencias
meteorológicas.
De repente, cayó un rayo cerca que nos puso el corazón
en un puño, pero eso significo un pequeño claro en la
tempestad, que aprovechamos para pasar los últimos pasos hacia
la cumbre. La tormenta continuo bastante rato todavía y el descenso
por el nevero, que llegaba hasta la Brecha de Barris, lo hicimos con
una fuerte lluvia que, a pesar de que llevábamos ropa adecuada,
nos empapo hasta los huesos.
El susto, no se nos paso hasta que, calientes dentro del coche, empezamos
a sentirnos satisfechos de haber salido con bien de semejante situación.